¿Por qué debemos decir feliz Navidad?

Imagen decir feliz Navidad

ENS-Actualidad Lo que no te cuentan los que proclaman solemnemente en Navidad el estado laical, tan superprogresista y respetuoso, es que lo que te queda de estas fechas, si las quieres convertir en unas fiestas de invierno desprovistas de toda referencia religiosa-cultural, es consumo y más consumo, consumismo obsceno,  capitalismo despelotado, justamente lo que dicen querer combatir, ¡qué curioso!. O quizá ya no es eso lo que quieren combatir.

 Hace no demasiados años  decir  Feliz Navidad en esta época del año era tan habitual como saludar con un buenos días o despedirse con un buenas noches en cualquier día del año. Ahora ya no, y la cosa ha ido rapidísimo. Se impone el Felices fiestas, que es algo  que no llena demasiado por lo pobre que resulta. Felices fiestas puede servir  igual para estos días de invierno, para la celebración de las fiestas patronales del pueblo en verano, o para las del barrio; también, si nos ponemos, para los que comparten escalera en un mismo bloque de pisos que se juntan una vez al año a celebrar que de vez en cuando se encuentran en el ascensor y comentan como está el tiempo fuera. “Parece que hoy va a llover”. Es bastante empobrecedor convertir en eso lo más entrañable de todo el año, lo más cargado de fantasía y magia, lo que tiene la fuerza suficiente para conectarnos con paraísos perdidos quizá imaginados. Lo que  nos une con esa patria inmensa que es nuestra infancia, la que tuvimos, o la nos hubiese gustado tener. Incluso lo que nos conecta con la nostalgia de los seres queridos que marcharon. Palabras mayores como para irnos por las ramas. Algunos me dirán que lo que celebramos es religioso, cristiano, católico y que aquí somos muy respetuosos con todas las creencias, y tal y tal, y que lo público no debe estar marcado por lo religioso, y tal y tal. Y así hasta el punto de que el que sigue diciendo Feliz Navidad parece hacerlo con una buena dosis de complejo, como con la boca pequeña y con algo de congoja.

Más allá de la Navidad no hay nada, no hay fiestas de invierno ni nada por el estilo, hay invierno crudo y puro, pero sin nieve ni pastores ni arboles ni belenes. Hay consumismo y frialdad,  hay desarraigo y ausencia de referencias culturales básicas.  Y sí, sigue habiendo tanta hipocresía como en las mejores navidades de nuestra vida. Ni eso seremos capaces de ganar. Que aproveche el “felices fiestas”, a quien quiera tragar, tan pequeñito y poquita cosa que lo mismo sirve para un roto que  para un descosido. Yo hoy me inclino definitivamente por el más sonoro y rotundo Feliz Navidad, tan lleno de resonancias y de vida.

En este momento no tengo ninguna duda. Celebrar la Navidad y proclamarlo no es, ni por asomo, querer imponer una visión del mundo según los parámetros de una confesión religiosa. Es, al contrario, conectar o reconectar con un bello entorno cultural que es el nuestro, el del mundo occidental, y por  ese conducto es por donde pasea el Niño y los pastores, la Virgen y San José, los Reyes Magos, los villancicos y las migas, el roscón y el turrón, las velas de Adviento en su corona y el árbol adornado con sus bolas y sus luces. A todo eso es a lo que llamamos Navidad, y no tiene otro nombre alternativo. Llamarlo “fiestas de invierno” es algo así como denominar al pan, “masa de trigo fermentada”. Quizá seamos muy exactos y asépticos pero habremos desprovisto a la vida y sus cosas de cualquier carga de afectividad. Porque por más que se empeñen nuestros superprogresistas, haciendo el juego a las dinámicas más despelotadamente capitalistas, en la Navidad siempre habrá un niño y un pastor, un rey mago y un ángel anunciador de maravillas, y ojalá que sea siempre así. Así que al pan, pan, y al vino, vino. Y un brindis por esta Navidad y por todas las navidades de nuestra historia.

Javier-López @NuevoSurco

Texto publicado en los diarios del grupo Promecal