Memoria de Raúl del Pozo
ENS-Actualidad Fue un columnista de postín con el sedimento del reporterismo, y un desastre en cualquier otro registro del periodismo, todo hay que reconocerlo. Finalmente uno de nuestros mejores observadores de esa realidad que, como un Cristo, procesiona atada a una columna de opinión.
Saltó la noticia de su muerte y me acordé de lo que he dicho y he escrito en bastantes ocasiones: cuando comencé a estudiar Periodismo yo quería ser como Raúl del Pozo. Si soñaba con ser columnista, él era mi referencia. Si me imaginaba con un micrófono, Luís del Olmo. Los que comenzamos a transitar por el oficio mediados los años noventa lo leíamos con auténtica devoción. Raúl, que era periodista de pura cepa, empaquetaba en su columna el ruido de la calle, era un reportero adosado a una columna, que él pulía con esmero y originalidad dando a la realidad un toque especialísimo sin desvirtuarla con enfoques excesivamente ideológicos. Su partido era él mismo, su oficio, el periodismo, por más que ahora, en medio de esta asquerosa polarización, pretendan colocarle en alguna de las trincheras. La plenitud de Raúl del Pozo transcurrió en aquellos años en los que no existía la comunicación basura en X ni cualquier chisgarabís era entronizado como líder de opinión por poner en circulación un ramillete de ocurrencias bien envueltas.
Los tiempos han cambiado mucho en muy pocos años. Más allá de chisgarabís entronizados, tampoco percibo que le lleguen a la altura los columnistas punteros de hoy, por más que ellos cuenten con el efecto amplificador de las redes y la presencia constante en un escenario multimediático que ya llega a saturar. Al final, Raúl del Pozo era un señor de Cuenca transmutado en madrileño castizo que llegó al mundo el día de Navidad de aquel año terrible y cainita de 1936, la España sangrienta en su esplendor. Fue de lleno y de pleno un niño de postguerra y aquello le marcó toda su vida. Con esa impronta aterrizaron su juventud en el diario Pueblo algunos de los que serían grandes comunicadores en los años de la Transición. Fraguaron oficio en aquel periódico que era propiedad de los sindicatos verticales, allí tanteaban otra España y otro mundo que estaba por venir y que ya se intuía. Llegó y lo llamaron democracia, un auténtico festín para los cronistas que hicieron uso de la libertad recién estrenada y pudieron contar a calzón quitado lo que se encontraban debajo de las alfombras. No todo, como hemos sabido después, que había territorios más que protegidos y vedados. Pero la libertad informativa era un derecho asumido y proclamado.
Nunca quiso ser un “influencer” ni le imagino obsesionado con el número de seguidores en redes sociales. Quería, en cambio, vivir a tope para poder contarlo bien, a su manera, pero sin adulterar las frutas con las que se hace el cocktail, mezclándolas con la maestría debida para hacernos saborear un producto único con valor de origen, un microcosmos impreso cargado de honesta subjetividad pero construido con las duras piedras de la actualidad.
El valor de Raúl del Pozo, y por ello será recordado, es el del periodista añejo que tenía que recorrerse todas las calles para conseguir una historia verdadera que luego él filtraba y destilaba en su laboratorio personal. Sus últimos años, como a tantos otros de su generación, le han pillado con el pie cambiado. Veremos que nos queda tras toda esta convulsión, aunque la sensación, de un tiempo a esta parte, es de que hay un mundo que termina y otro que no acaba de nacer. En ese tránsito se van marchando, gota a gota, los más claros representantes del tiempo que desaparece. No sé si por la querencia al “cualquier tiempo pasado fue mejor”, el caso es que lo de ahora no parece estar a la misma altura, o quizá porque nos vamos haciendo mayores y nos gusta lo que nos hace sentirnos jóvenes y estudiantes de nuevo, cuando uno quería ser como Raúl del Pozo, que en paz descanse.
Javier-López @NuevoSurco
Texto publicado en los diarios del grupo Promecal